martes, 9 de abril de 2019

El infierno

            No me acuerdo exactamente dónde, pero en algún sitio recuerdo haber leído una nueva interpretación sobre el cielo y el infierno, una en la cual, el cielo no era importante, pero el infierno sí. Un infierno en el que no hay ni llamas, ni fuego, ni la más pesada oscuridad, ni nada de lo que nos imaginamos como infierno. Este infierno consistía en tu yo de un día antes de morir y otra persona. La persona que podrías haber llegado a ser.

            Es una posición increíblemente interesante, porque, de alguna manera, me hace replantearme mis decisiones en la vida, o incluso la posibilidad del suicidio. No soy religiosa, ni nada que se le parezca, pero hay una cosa que, obviamente no sé, pero que creo con bastante certeza. Y es que creo, que el suicidio es una puerta rápida al infierno.

            Soy feliz pensando que después de la muerte todo se acaba y que ya no tienes que vivir, que sufrir ni nada más, solamente se acaba, se apaga y no se vuelve a encender. Pero ¿qué pasaría si después de la muerte hay este infierno? Este infierno planteado no me parece tan descabellado como el infierno de las llamitas que nos presenta la religión.

            Últimamente, mis ganas de morirme han incrementado, y creo que es porque he descubierto que mi vida no tiene sentido. Pero eso para otra ocasión, que estamos hablando del infierno. Si me suicidara en este momento, no sé qué vería. No sé en qué punto mi vida se volvió una mierda, o en qué punto me encontraría con quien pude ser.

            A lo mejor fue el momento en el que empecé a comer golosinas a espaldas de mis padres y engordé mucho.

            A lo mejor cuando estaba en cuarto de primaria y que un día no hice los deberes, mi profesora me mandó una nota a casa diciendo que no había traído la tarea hecha. Se lo oculté a mis padres, arranqué la hoja y reescribí todo lo que había en ella para que no me pillasen. Al día siguiente me escribió otra nota, hice lo mismo, hasta que un día me mandó entre las clases de por la mañana y las clases de por la tarde, a comer con la mochila. Aún me acuerdo de mi madre cuando me preguntó por qué llevaba la mochila, lo único que se me ocurrió fue decirle que me encontraba mal, y que me había traído la mochila a casa porque no sabía si volver por la tarde. Ella me dio apiretal y me mandó a clase otra vez, pero ella estaba preocupada. Luego de eso, llamaron a mis padres para que vinieran. Aún me acuerdo de la cara de decepción de mis padres. Fue la primera vez que me compararon con mi hermano. “Tu hermano no mentía”, “Hubiese sido mejor si nos hubieras dicho la verdad desde el principio”, “Te habríamos castigado, pero no tanto” y, la que más me dolió en ese momento “Así nunca llegarás a ser igual de buena que tu hermano”.

            A lo mejor fue la vez que acababa de salir de gimnasia rítmica. Me encontré con mis amigas y le dije a una que si me acompañaba a dejar el aro y la cinta en el trabajo de mi madre. Cuando llegué así, mi amiga iba con vaqueros y super mona, y yo, con mi chándal. Me acuerdo de las palabras exactas de mi madre “Mira qué bien va ella, y tú ahí con el chándal, si hasta pareces más gorda y todo”. Fue ese el momento en el que empecé a odiar los chándales, las mallas, las sudaderas… Todo lo que tenía que ver con el deporte, incluida gimnasia rítmica. Terminé ese año, pero no me volví a apuntar nunca, y empecé a odiar cada vez que me mandaban hacer cualquier actividad física. Tenía siete años en aquel momento. Solo he vuelto a hacer deporte este año porque sentía que me tenía que reconciliar con mi cuerpo, si no, tampoco.

            Pero a lo mejor sí que estoy yendo por el camino correcto. A lo mejor, si hubiera estudiado suficiente para entrar a Ingeniería Aeronáutica, la habría empezado, pero estoy segura de que en algún punto habría dicho, qué coño hago aquí, si no me gusta la física, y me hubiera ido a informática, justo la carrera en la que estoy.

            A lo mejor no solamente es en cuanto a carrera profesional. A lo mejor habría conocido a alguien en algún punto de mi vida de quien me hubiera enamorado y estaría destrozada, o a lo mejor me iría mejor en todas partes o a lo mejor habría perdido mi rumbo e incluso mi forma de ser, mi forma de pensar. A lo mejor amar a alguien me obligaría a quedarme en mi país, no de una manera imperativa, pero sí como un deseo, y eso, para mí, es perder mi manera de ser. Desde que tengo uso de razón quiero irme lejos. Muy lejos.

            A lo mejor habría conocido más gente, mejor gente, gente que me abriera puertas. A lo mejor habría conocido a algún mafioso que me hubiese metido en la mierda, o algún proxeneta que hubiese hecho lo mismo.

            Pero bueno, ya nunca lo sabré, porque, pese a todo lo bueno o todo lo malo que me ha ocurrido hasta ahora, me ha forjado de la manera en la que soy. Todas y cada una de las decisiones que he tomado hasta este momento me han forjado como la mujer que soy hoy en día. Una mujer que no se achanta ante nadie por ser más rico. Una mujer que no tiene miedo de expresarse pese a que me pueda traer problemas. Una mujer de la que estaría orgullosa si no fuera yo misma.

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